Vigo desde el Sireno: el kilómetro cero de la ciudad

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La escultura de Leiro, instalada hace 25 años, es ya un referente en el paisaje urbano de Vigo y un emblema del arte moderno de la ciudad. Además, está situada en el lugar perfecto para visitar los principales lugares de interés turístico

"Quedamos en el Sireno". La frase es un clásico entre la gente de Vigo a la hora de fijar un punto de encuentro en el centro. El tritón de acero que se yergue a doce metros de altura en la plaza de A Porta do Sol, el kilómetro cero de la ciudad, se ha convertido en un lugar de referencia desde que la obra del artista Francisco Leiro se instaló allí hace 25 años, tiempo en el que se ha consolidado como uno de los símbolos de la escultura moderna de la ciudad.

No todo el mundo lo entendió así cuando el hombre-pez, apoyado sobre dos columnas de granito negro pulido, desembarcó en A Porta do Sol en la madrugada del 7 de noviembre de 1991. En aquel momento una parte de la ciudadanía lo tachó incluso de adefesio, pero el tiempo ha dado la razón a Leiro: el Sireno, con sus cuatro toneladas de peso, es ahora una referencia imprescindible en el paisaje urbano olívico.

La figura está situada en el centro neurálgico de Vigo y sirve como brújula para recorrerla y conocer algunos de sus principales atractivos. Es imprescindible callejear por el casco viejo, bajando desde la plaza de A Princesa hasta O Berbés, al lado del mar, origen de la antigua villa marinera ahora convertida en una potencia pesquera y naval de rango europeo. Se puede disfrutar del paseo por la calle de Os Cesteiros, la calle Real o la calle de las ostras, en la que vale la pena detenerse a degustar este sabroso molusco. La concatedral de Santa María, conocida popularmente como la colegiata, alberga la imagen del Cristo de la Victoria, principal símbolo religioso de la ciudad.

El barrio histórico, abandonado durante décadas, ha adquirido un enorme impulso en los últimos años tras un intenso trabajo de rehabilitación, la apertura de locales comerciales y de restauración con sello propio y el establecimiento de edificios institucionales y culturales. Para las personas aficionadas al arte es visita obligada la pinacoteca Francisco Fernández del Riego (en la calle Abeleira Menéndez), que exhibe una amplia y valiosa muestra de obras de arte contemporáneo gallego de artistas como Laxeiro, Colmeiro, Quessada o Castelao, entre otros. Quien ame la naturaleza debe acercarse al centro de visitantes del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia (en la calle de A Palma), una maravilla natural formada por las islas Cíes, Ons, Sálvora y Cortegada.

El Sireno es también la puerta de entrada a la calle de O Príncipe, la milla de oro comercial de la ciudad, y en la que puede visitarse el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO). También desde la escultura del tritón se parte hacia la calle Policarpo Sanz y la avenida de García Barbón, en el ensanche, la zona de expansión urbana desde finales del siglo XIX, donde se pueden contemplar valiosos ejemplos arquitectónicos como el edificio El Moderno, el teatro García Barbón, la Casa de las Artes, la casa Bárcena o la casa Odriozola. Para profundizar en la historia de la ciudad olívica a través de imágenes adonde sin duda hay que dirigirse es al Archivo Pacheco, que guarda 140.000 imágenes de entre finales del siglo XIX y la década de los setenta del siglo XX.

Bajando hacia el mar desde Policarpo Sanz por Colón es agradable tomarse un respiro paseando por la zona del Náutico y A Laxe. Allí, en el muelle de trasatlánticos, desembarcan las miles de personas que recalan en Vigo cada año en los cruceros, gigantes del mar como el Queen Mary II o el Harmony of the Seas.

En dirección contraria a O Príncipe vale la pena caminar un poco por la calle Elduayen. A sólo cinco minutos de allí el mirador del paseo de Afonso XII ofrece una de las mejores panorámicas de la ciudad hacia el puerto y la ría, con la península de O Morrazo enfrente y las islas Cíes en la boca de entrada.

En la cima de O Castro

Vigo pone a prueba las piernas de quien la recorre y la visita por sus empinadas cuestas, pero el esfuerzo tiene su recompensa. La subida por el casco viejo abre a la vista el antiguo castillo de San Sebastián, un punto intermedio en el camino hasta el monte de O Castro. En una de sus laderas está el poblado castreño, un yacimiento con veinte antiguas edificaciones reconstruidas que permite sumergirse in situ en la vida de las personas que habitaron la villa entre los siglos III e I antes de Cristo.

Otra dosis de sacrificio hasta coronar el monte tiene el premio especial. En la cima está el castillo de O Castro, con vistosos jardines y un espectacular mirador. La ría de Vigo queda a los pies, con las Cíes como telón de fondo. Impagable y, al mismo tiempo, gratuito.

Con más tiempo, ya que está más lejos, merece la pena acercarse al parque de Castrelos, otra de las visitas imprescindibles en la ciudad. Allí, además de pasear por sus jardines, hay que visitar el pazo Quiñones de León, donado por el marqués de Valadares en 1924, y que alberga el museo de la ciudad.

El Celta, un símbolo

El mar, la industria… y el Celta. El club de fútbol es una de las señas de identidad de la ciudad. El estadio de Balaídos está cerca de Castrelos, así que un día de partido puede garantizar una experiencia para recordar entre la marea de aficionadas y aficionados celestes que arropan el equipo.

Y, si de ocio se trata, la oferta de Vigo es amplia. El festival de deporte y cultura urbana O Marisquiño, que se celebra en el mes de agosto, atrae ya a 125.000 personas en cada edición. Las y los mejores riders y skaters del mundo se dan cita en el evento. Los conciertos de verano en el anfiteatro de Castrelos, con artistas nacionales e internacionales, el festival ImaxinaSons, de jazz, o el Sinsal, de vanguardia sonora, son otras referencias para anotar en la agenda.

Arte en la calle

En Vigo también se puede disfrutar de las manifestaciones artísticas a pie de calle. En los últimos años el Ayuntamiento desarrolla un programa de arte urbano en medianeras de edificios y en otros espacios públicos. Los vistosos murales, de los que 27 ya están finalizados, conforman una ruta propia a lo largo y ancho de la ciudad. El Sireno sirve también de punto de referencia. De camino al Castro encontramos una obra de Xavier Magalhães en la escalinata de la pinacoteca y otra de Nelson Villalobos, La caracola, en la plaza de Enrique Blein Budiño.

Una jornada en la ciudad olívica da para mucho. Sólo hay que fijar un punto de encuentro. A Porta do Sol, con el Sireno oteando el paisaje, puede ser el lugar perfecto. Quedamos allí.

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