De A Guarda a Crecente: ruta por los municipios que lindan con Portugal

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A Guarda, O Rosal, Tomiño, Tui, Salvaterra de Miño, As Neves, Arbo y Crecente. El sur de estos ocho municipios pontevedreses configura la latitud norte del vecino Portugal. Mientras acarician al país luso, estas tierras disfrutan del baño del río Miño. Y juegan a seducir a sus visitantes.

Sea o no la primera vez que vas, la zona más meridional de Pontevedra tiene mucho que ofrecer. Pero empecemos por el principio. Si se mira desde el Atlántico, A Guarda es el primer punto en el que detenerse. En territorio guardés hay que reservar tiempo, al menos, para estos cuatro lugares:

El monte de Santa Trega integra valores arqueológicos, paisajísticos y religiosos. En el primer caso, su citania se considera uno de los exponentes de la cultura castreña más relevantes de todo el noroeste peninsular. Solo se ha excavado una pequeña parte de este asentamiento que tiene sus orígenes documentados en el siglo IV a. C. En la cima del monte dos elevaciones ponen un mundo de enclaves paisajísticos a nuestros pies: el pico de O Facho, que con sus 328 metros ofrece una amplia panorámica de O Rosal, y el pico de San Francisco, cuyos 341 metros lo convierten en el más elevado de Santa Trega. El crucero de San Francisco, los vía crucis y la ermita de Santa Trega componen el legado religioso.

Terrazas, restaurantes, vías estrechas y edificaciones de estilo marinero dibujan el puerto pesquero, punto de encuentro para quien desee disfrutar de la vida guardesa: la llegada de los barcos, la descarga del pescado o la gastronomía tradicional. Siempre ligada al mar, en A Guarda la relación con el océano se vislumbra a cada paso: en los monumentos a los marineros, el paseo marítimo, la lonja y cofradía, la ruta de las cetarias o el Museo del Mar.

Fluviales o marítimas, A Guarda es también refugio de playas. Entre las primeras, destacan O Muíño, A Lamiña, A Armona y O Codesal. Entre las segundas, Area Grande, Fedorento y O Carreiro, que se abren al Atlántico en forma de pequeñas calas.

El pasado marinero está también presente en A Guarda. Se percibe a cada instante en el centro urbano, organizado en torno a la actividad pesquera, que hoy además regala a quien lo visita pequeñas calles, casas indianas y tramos de la muralla medieval todavía conservada y que cuenta con una zona comercial actual y dinámica.

Cuando A Guarda queda atrás, aparece O Rosal. Muy próximo también a la desembocadura del Miño, el enoturismo y el senderismo son las grandes propuestas turísticas de este municipio. Entre los senderos destaca la ruta de los molinos de O Folón y O Picón. Estas construcciones, declaradas Bien de Interés Cultural, recuerdan hoy su ajetreo de ayer. Además, estas tierras se recorren a través del Sendeiro de Pescadores Río Miño-Tamuxe, que enlaza la playa de As Eiras con la zona del río Tamuxe. El molino de As Aceñas o las ruinas de un antiguo aserradero de vapor nos esperan en un itinerario apto para toda la familia.

Tomiño es el tercer municipio por el que discurre esta ruta en dirección a Crecente. Entre todos sus variados y numerosos recursos está el estuario que forma el Miño en uno de sus últimos tramos y que sirve de refugio a numerosas especies de aves. Es el cauce fluvial el que, históricamente, ha marcado el entorno tomiñés, y prueba de ello son las fortificaciones. En la frontera, y destacada por su perfección y simetría, se sitúa la de San Lourenzo de Goián, en torno a la cual nació también el Espazo Fortaleza. El castillo y la torre de Tebra dominan, con su aire renacentista, el valle del mismo nombre. Con respecto a la arquitectura eclesiástica, destacan iglesias como la de Santa María de Tomiño o la de San Vicente de Barrantes, aunque todo el municipio está salpicado de elementos religiosos como cruceros o petos de ánimas.

Muchos lugares de Tomiño hablan del pasado. Es el caso de los petroglifos del monte Tetón, considerados de los más importantes de Europa, o de las casas y escuelas indianas, que dan cuenta de la importancia de la emigración hace solo unas décadas en este municipio del sur de la provincia. Sus áreas de recreo, la gastronomía y la cultura del vino son, además, el reclamo perfecto para quien busca un descanso. Si se prefiere el turismo activo, las rutas a pie son la alternativa. Una vista difícil de olvidar, frente al Atlántico, es la que ofrece el alto de la sierra de A Groba.

Y de Tomiño pasamos a Tui, puerta de entrada en Galicia hacia Santiago de Compostela si se ha partido del sur. La catedral, que empezó a construirse en el año 1120, con fundamentos románicos pero remates góticos, y cuyo pórtico está considerado la primera obra de este estilo artístico en la península, articula la localidad. Su conjunto histórico —con el museo diocesano, la capilla de san Telmo, el convento de las clarisas, la iglesia de San Francisco o el convento de Santa María— es de los más visitados y de los más completos. Al elevar la vista, contemplamos el monte Aloia. El parque natural, de más de 700 hectáreas de extensión, es un espacio de flora, fauna y paisajismo; alberga además un recinto amurallado y una ermita que merecen más de una fotografía.

Saliendo de Tui en dirección a As Neves entramos en Salvaterra de Miño, la siguiente parada de nuestra ruta, de aires palaciegos, eclesiásticos y culturales. El pazo de Lira, el pazo de Petán, el pazo de Fillaboa, el portalón de A Inquisición, la casa de Teáns, el castillo medieval del conde o el pazo de Santo Amaro se reparten de norte a sur. También trasladan a épocas pasadas las vistas a su castillo y murallas del siglo XVII, la capilla de A Oliveira, la iglesia de San Lourenzo o las cuevas de doña Urraca. Si se prefiere el ejercicio, el parque público de A Canuda o el paseo fluvial del Miño son el lugar perfecto para conocer el municipio paso a paso.

Estos pasos son los que, a continuación, se detienen en As Neves. En este caso, el Miño vuelve a aliarse con el entorno para ofrecer paisajes de ésos en los que las tardes no pasan, vuelan. Sucede, por ejemplo, en el área recreativa de Santa Mariña en Liñares. Pero, naturalmente, este es un municipio para disfrutar también a pie, y múltiples rutas —como los senderos de Os Frades o el de Os Pescadores— lo hacen posible. Antes de marcharte de As Neves, no dejes de visitar Ribarteme (su romería de Santa Marta es una de las más conocidas), el puente de A Senra, sobre el Termes, y el de As Puntaleiras.

Ya en tierras de Arbo el río Miño domina el territorio y dibuja las panorámicas. Los puentes, como el que une este municipio con la localidad lusa de Melgaço, forman parte fundamental del paisaje y además ofrecen vistas espectaculares. Otro de los que destacan es el de Mourentán, sobre el Deva, al que pueden hacerse visitas guiadas. La importancia de recursos como el vino y la lamprea en la zona ha impulsado la creación de un centro de interpretación en el que siempre se aprende algo nuevo, por ejemplo, sobre las pesqueiras o pescos, construcciones propias de la zona ligadas a la actividad pesquera. Otros elementos singulares que también merecen una visita son los hórreos de Mourentán ou Almuiña y el pazo de A Moreira.

El último municipio de la ruta es Crecente, su punto más al este. El fin de un camino iniciado a los pies del Atlántico y en el que todavía queda mucho por descubrir: desde castillos —hoy puede contemplarse la torre de Fornelos, enclavada en un entorno montañoso— hasta construcciones como la ermita de A Virxe do Camiño, la iglesia románica de Albeos, los miradores del Coto da Cruz y del alto de Guillade, vestigios de castros celtas o el fortificado pazo de A Fraga, que suponen un viaje en el tiempo. Y, de principio a fin, esta ruta acaricia Portugal.

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