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A Peneda (Soutomaior)

Conocer el interior de la ría de Vigo será una experiencia singular si visitamos el mirador de A Peneda, en el límite entre los ayuntamientos de Redondela y Soutomaior. Cercano a la desembocadura del río Verdugo encontramos este montículo piramidal de 329 metros de altura que nos permite disfrutar de una amplia panorámica marítima con la ría, Rande, Redondela, Arcade y el entorno de la isla de San Simón como protagonistas.

Quienes decidan visitar este paraje podrán además disfrutar de impresionantes vistas del interior de la provincia, con el valle del Verdugo adentrándose en la sierra de O Suído y el castillo de Soutomaior, a sólo dos kilómetros del mirador. Completar el día visitando los impresionantes jardines de la fortificación es una manera magnífica de acercarse a una de las más bellas y mejor conservadas fortalezas de la provincia.

A Peneda
A Peneda

Además, podemos alimentar nuestra afición por la arqueología acercándonos al castro de A Peneda, que aún conserva restos de la muralla, de más de dos metros de grosor y tres edificaciones, así como lo que pudo ser la entrada a una mina romana. Los numerosos restos encontrados en los alrededores (cerámicas, orfebrería, etc.) los podremos encontrar en el Museo de Pontevedra.

Un túnel subterráneo unía, según la leyenda, el monte de A Peneda con el castillo de Soutomaior

Son numerosas las leyendas que giran en torno a este paraje mágico. Las gentes del lugar defendían la existencia de un paso subterráneo que partía de la cima del monte de A Peneda y se comunicaba con el castillo de Soutomaior. Dicha ruta secreta sería la empleada durante la Guerra de Independencia para enviar refuerzos en la lucha contra los franceses.

También son conocidas las historias que hablan de un tesoro, oculto por los moros en el interior de la atalaya, que haría las delicias de cualquier aficionado al lujo. Además, se comentaba la existencia de una cueva secreta que recibía a sus visitantes con bofetadas, aunque el misterio se resolvió cuando un vecino del lugar descubrió que simplemente se trataba de murciélagos espantados por la presencia humana que golpeaban al que se asomaba a la cueva en su vuelo de huida.